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 rOBERTO aRLT, cronista con armas de escritor

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MensajeTema: rOBERTO aRLT, cronista con armas de escritor   Mar Jun 02, 2009 1:05 am



Veamos: esto es periodismo. No son columnas, aunque sean columnas; no son comentarios, aunque sean comentarios. Y son artículos, aunque no sean artículos. Pero no son sino crónicas, es decir, periodismo, la esencia del oficio, lo que sólo pueden escribir los buenos periodistas, lo que se hace a partir de lo que ocurre, no de lo que se nos ocurre.

Roberto Arlt es periodismo. La frase clásica de Eugenio Scalfari, fundador del diario La Repubblica de Italia, "Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente", se ajusta a la perfección a este periodismo que Roberto Arlt hace antes de que las imágenes distorsionaran la realidad haciéndonos creer que una instantánea es una fotografía.

Arlt es un periodista, sin otra literatura; un cronista, nada menos, un tipo que ve pasar el tiempo y lo apresa, lo hunde en el suelo y lo somete a interrogatorio. Carlos Fuentes suele citar a Platón al hablar de la eternidad: cuando la eternidad se mueve la llaman tiempo. Y cuando se detiene, y es periodismo, no es otra cosa que crónica. Nada menos.

Periodismo es literatura. Decía Manuel Vicent, otro columnista que hace periodismo en sus columnas, que el periodismo del siglo XX es literatura; y lo decía ante unos estudiantes de periodismo Antonio Muñoz Molina. Dos narradores, dos periodistas. La ficción es su apoyo, e incluso su sustento, pero el periodismo es su sustancia, y cuando hacen periodismo tienen a la literatura como la columna vertebral. Pero no hacen literatura cuando hacen periodismo. Hacen periodismo, que es literatura.

Pueden decirlo, y pueden hacerlo. Como Roberto Arlt. Arlt lo hacía. En este conjunto de crónicas, El paisaje en las nubes , los editores han conseguido poner a disposición de nuevas generaciones periodísticas un elemento que ya les resultará insustituible para su formación como periodistas, y como escritores. Han rescatado el periodismo inolvidable que a veces se oculta en las hemerotecas, y lo han puesto a disposición de las librerías. Un libro insoslayable, un tesoro, un puñado de historia contada con la pasión de un inventor y de un poeta que dispone lo que pasa como si fuera un manjar de todos los sabores.

Han editado un tesoro. Como dice Ricardo Piglia nada más comenzar su prólogo, "El estilo de Arlt es un gran estilo". Como quería el español Azorín para el estilo, éste no se nota, fluye, avanza hacia el lector como si lo que lee ya hubiera sido escrito. Esa fluidez tiene un mérito mayor: Arlt no escribe su autobiografía sino sus ocurrencias. Lo que narra es lo que viene en los cables, lo que ve, lo que sucede, y lo aborda, como decía el poeta, "sin vuelo en el verso", al primer toque, a favor de la comprensión y no a favor de la metáfora, sin barroquismos, esencialmente, y además como si lo escribiera sin otro esfuerzo que el natural de la mano. Y esa evidencia de que no hubo esfuerzo es la evidencia de que detrás está el trabajo de la inteligencia literaria, capaz de simplificar lo complicado, de estrujarlo hasta que se parece a las metáforas.

La metáfora, que es una esencia indispensable de este tipo de periodismo, está ahí, pero es el conjunto; Arlt no cuenta por fuera, cuenta por dentro; se asombra al tiempo que asombra, no juega con ventaja, ofrece datos, tiene en cuenta las cuatro o cinco reglas básicas del periodismo. Y uno sale de él, de lo que escribe, sabiendo. Y aunque ha pasado el tiempo, el lector que ahora tiene (y que tendrá) este volumen saldrá de aquí sabiendo más no sólo de Arlt, de su dramatismo, de su humor, de su periodismo, sino de lo que ocurrió. Es historia, porque es periodismo, y es literatura porque queda, se posa. No es un pájaro, es un reptil sabio, vuela por donde huele.

Hallará claves de su manera de adivinar lo que iba a pasar con la novela, con Europa, con la escritura, con la guerra, con Argentina. Murió a los 42 años, cuando el siglo tenía su edad, en medio de una guerra a la que asistía asustado por la estupidez que llevó al poder a Hitler, cuya violencia imbécil tiñó de sangre Europa. Algunas de las columnas de Arlt se leen hoy como los ejercicios que un mago es capaz de hacer para convertir el periodismo en futurología. Y ahora se leen esas adivinaciones con el asombro intacto con que debieron leerse en la época en que fueron publicadas.

Dice Piglia: "El periodismo busca el dramatismo en la noticia, y las crónicas de Arlt dramatizan la exigencia de escribir, la obligación de encontrar algo que decir. El cronista es quien –para decirlo así– inventa la noticia. No porque haga ficción o tergiverse los hechos, sino porque es capaz de descubrir, en la multitud opaca de los acontecimientos, los puntos de luz que iluminan la realidad. En nadie es tan clara la tensión entre información y experiencia".

Ese es el asunto: información, experiencia. Arlt está, literalmente, al pie de los teletipos, de los cables, éstos ofrecen noticias que a veces son incomprensibles, por incompletas o por extraordinarias. Y Roberto Arlt es un cronista, sabe que tiene el poder de parar el tiempo y poner su foco sobre un suceso que a otros les pasaría desapercibidos, acaso porque no disponen, como él, de la intuición poética que le resulta imprescindible a un cronista para imaginar que lo que ve no es lo que parece.

Información más experiencia es igual a cultura; detrás de las crónicas de Arlt está la cultura, y por tanto está el humor, que son dos fenómenos que convierten en relativo todo lo que pasa. Para reírse de algo, uno tiene que conocerlo, saber que solemnes hay dos o tres cosas, la muerte y la vida, y acaso el amor. Y si tan sólo eso es solemne, riámonos un poco de casi todo lo demás.

A él le tocó, además, afrontar un tiempo en que los hombres caían una y otra vez en la estupidez de la guerra, la primera, la española, la segunda..., y tuvo claro siempre, sobre todo en la española y en la última Gran Guerra, de qué lado estaban sus metáforas.

Tanto en la española como en la Segunda Guerra Mundial pasaban dramas y también pasaban anécdotas, y a veces la anécdota le daba la sustancia del drama. Es memorable esa crónica que escribe sobre el hombre que va al ABC –el diario monárquico español, en ese momento en manos republicanas, y llamado entonces Abc Diario Republicano de Izquierdas, dirigido por un cronista canario, Elfidio Alonso Rodríguez– con un anuncio en el que anuncia la pérdida de una perrita foxterrier.

En medio de los dramas del mundo, en medio de los bombardeos de Madrid, este hombre expresa en un anuncio su desolación por el extravío de su mascota... No era un reproche: era un asombro; Arlt, como buen cronista, no acusa, expone, utiliza las armas de la realidad de los sucesos para destacar su perplejidad, pero son los lectores los que han de dictaminar.

Y él se dirige a los lectores: muchas de sus crónicas comienzan buscando perentoriamente su atención; él no es el cronista solitario, él es el cronista con lectores; los busca, los encuentra, son la esencia de su trabajo, sin ellos no tiene espejos.

He leído estas crónicas fascinantes con algunas sombras benéficas bajo las cuales he experimentado a lo largo de los años idéntico regocijo lector. La primera de todas esas sombras, una que es cada vez más alargada, la del mexicano Jorge de Ibargüengoitia (una selección de cuyas columnas sabias acaba de publicar en España Javier Marías en su colección Reino de Redonda, con prólogo excelente de Juan Villoro, un cronista excepcional también). Ibargüengotia sigue la misma dinámica de Arlt: observa, escarba, escribe; él es protagonista de sus crónicas tan sólo como es protagonista un espejo del rostro que ve, y como Arlt utiliza sabiamente los materiales que encuentra para alimentar a su vez el espejo que han de ver los lectores. Las de Ibergüengoitia, más que las de Arlt, son crónicas humorísticas, acaso porque el mexicano (muerto también prematuramente, pero en 1983, cuarenta y un años después que un infarto doblegara a su colega argentino) vivió en medio de una paz amparada por la Guerra Fría, aunque viviera en medio del olor de napalm de la guerra de Vietnam y de los tambores hirientes de la plaza de Tlatelolco.

Lo cierto es que el tiempo de Arlt no estaba para bromas y el de Ibargüengotia permitía algunas, sobre todo a un tipo como él.

Pero ni uno ni otro hicieron crónicas de ocurrencias, no utilizaron su espacio para la primera sangre sino para la guerra entera. Decía Rubén Darío (y lo recoge Rose Coral, la editora del volumen en el que se recopilan las crónicas de Arlt): "Hoy, y siempre, un periodista y un escritor se deben confundir. Sólo merece la indiferencia y el olvido aquel que, premeditadamente, se propone escribir, palabras sin lastre e ideas sin sangre". Y añadía Darío como si estuviera presintiendo libros como este (o como los de Ibargüengoitia): "Muy hermosos, muy útiles y muy valiosos volúmenes podrían formarse con entresacar de las colecciones de los periódicos la producción, escogida y selecta, de muchos, considerados como simples periodistas".

Palabras sin lastre, ideas sin sangre. Lo que Arlt escribía tenía el peso de una pluma que no sólo miraba los cables, o los sucesos; miraba detrás del espejo, lo rompía, caminaba sobre los trozos y extraía tesoros donde los demás hubieran visto tan solo basura. La basura, es decir, ese elemento cósmico llamado a desaparecer en la basura de la eternidad, es lo que alimenta la imaginación de Arlt, lo que le da destino a su prosa, que hoy sigue existiendo porque apresaba en un puño lo que no cabría en un puño.

Y en todo caso estas crónicas cumplen con esa regla de la que Juan Villoro le habló una vez a Ricardo Piglia (y lo recoge también Rose en su documentadísimo prefacio): Las crónicas que en verdad importan (decía Villoro) "no tienen la urgencia del presente ni ocupan un espacio del presente, sino que en cierta forma posponen sus lectores".

Sí, aquí estamos, leer ahora estos sucesos contados por Arlt nos introducen en una novela nueva, que es por otro lado una realidad que nos asalta como si estuviera ocurriendo de nuevo. Somos los lectores de entonces siendo los lectores de ahora, y el milagro que supone este trastoque de tiempos sólo es posible gracias al buen periodismo.

A veces se pregunta uno, leyendo sobre todo a los grandes cronistas, y a Arlt, por supuesto, pero sobre todo a los grandes cronistas anglosajones y a otros (Martin Amis, entre otros, o Enrique Vila-Matas, que a veces parece anglosajón, o a Juan José Millás, que es un cronista especial) aun en la actualidad, por qué los lee uno de principio a fin sea cual fuere el asunto que traten.

Hay en este volumen algunas muestras que, en el caso de Arlt, resultan ejemplos fascinantes de por qué eso es posible. Y yo pondría en altísimo lugar esa crónica que titula "La vida extraña de Lilian Valerie Smith que simulaba ser un coronel británico", una tierna, despiadada y conmovedora historia humana en las que están juntos todos los elementos de que disponía Arlt para hacer imprescindible su lectura, de arriba abajo. La crónica sobre la penuria de los escritores españoles nos produce, ahora, un enorme regocijo; o por qué la intendencia no contrata a un flautista; o la noticia de que en Kansas las mujeres se ponen los pantalones... Enumerar (decía Guillermo Cabrera Infante, que fue también un extraordinario cronista, como lo es Tomás Eloy Martínez, o como lo es Alma Guillermoprieto, como lo son Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, como lo es Carlos Monsiváis) es una manera de subrayar, y yo me pasaría los días y las noches subrayando este libro maravilloso que baja de las nubes el periodismo y lo pone a aprender, otra vez, que dos y dos son cuatro, y que contar no es sino un privilegio de los buenos cronistas. Rabia da tener que escribir de Arlt en pasado desde hace tanto tiempo.
Por Juan Cruz, Revista Ñ
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MensajeTema: Re: rOBERTO aRLT, cronista con armas de escritor   Mar Jun 02, 2009 1:13 am

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MensajeTema: Re: rOBERTO aRLT, cronista con armas de escritor   Mar Jun 02, 2009 1:19 am

Biografía:

Roberto Godofredo Cristophersen Arlt nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900, hijo de Karl Arlt, prusiano de Posen (hoy Poznan, en Polonia), y de Ekatherine Iobstraibitzer, natural de Trieste y de lengua italiana. El carácter de su padre, un soplador de vidrio también capaz de confeccionar tarjetas postales art nouveau, no facilitó su inserción en el hogar de la familia, que abandonó en 1916. Aunque hasta esa fecha había asistido a varias escuelas, aprendió sobre todo en las calles del barrio porteño de Flores, donde transcurrió buena parte de su infancia y adolescencia. La necesidad lo haría pintor de brocha gorda, ayudante en una librería, aprendiz de hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos y estudiante fracasado de la Escuela de Mecánica de la Armada, por recordar algunas de las ocupaciones que llenaron sus días. Un matasellos y una máquina de prensar ladrillos le dieron las primeras y tempranas ocasiones de comprobar la escasa atención que iba a merecer su persistente carrera de inventor, pasión que había de encontrar un eco notable en su obra literaria.
En 1916 inició su trabajo de periodista, tarea con la que intentaría resolver sus problemas económicos y que le permitió relacionarse con los círculos literarios porteños. En esa fecha dio a conocer su primer cuento, «Jehová», con el que comenzó una carrera de escritor que se consolidaría desde que en 1926 dio a conocer El juguete rabioso, novela sobre un adolescente que se inicia como delincuente y termina como traidor a los suyos. En un tiempo de aparente prosperidad para el país, esa obra parecía hablar de la crisis de los proyectos modernizadores del siglo XIX, que habían convertido a Buenos Aires en una babélica ciudad de inmigrantes, moradores de inquilinatos y conventillos cuya única realidad era la de las calles en que se desenvolvía su lucha por la vida. Eran la cara oculta de una Argentina agitada por conflictos ideológicos y de clase, amenazada por una crisis económica inminente, observada por los militares que dominarían la escena política a partir de 1930. La excepcional lucidez de Arlt haría de esta primera obra, interpretable como la voz de los postergados por el sistema social vigente, el punto de partida de la novela argentina contemporánea.

La valoración de esas aportaciones se vio afectada durante mucho tiempo por las polémicas que agitaron la vanguardia porteña de los años veinte. Su capítulo más recordado es el de las diferencias reales o aparentes que enfrentaron a los grupos de Florida y Boedo. Aunque mantuvo relaciones con los escritores adscritos al primero (por algún tiempo fue secretario de Ricardo Güiraldes, a quien dedicó El juguete rabioso, y colaboró en la revista Proa), Arlt no dejó de sufrir el desdén de los martinfierristas, representantes de un arte minoritario y europeizado, jóvenes cultos que parecían detentar los derechos a la tradición literaria y a la renovación. Ese rechazo lo llevaría a ocultar sus lecturas y alardear de sus deficiencias de estilo, despreciando a quienes escribían bien y eran exclusivamente leídos por correctos miembros de su propia familia. En esa tesitura, inevitablemente había de ser relacionado con el otro bando: con quienes desde el barrio popular de Boedo defendían un arte comprometido con los problemas del hombre, preferían el cuento y la novela a la poesía, y veían en la literatura una posibilidad de contribuir a la transformación de la sociedad. Pero tampoco era ése su lugar. Las empresas colectivas no parecían interesarle, ni siquiera cuando iban encaminadas a mejorar las condiciones de vida de los desheredados. Las razones de su acusado individualismo pueden encontrarse en sus experiencias personales, que determinaron en alguna medida la visión negativa de la institución familiar y de la mujer que ofrecen sus personajes, su temor de la miseria, la fascinación ante quienes mostraran poseer la fortaleza necesaria para sobrevivir solos en un medio social hostil. El juguete rabioso se alimentaba en buena medida de ese material autobiográfico, y descubría vidas difíciles en un Buenos Aires hasta entonces prácticamente ignorado. Las novelas Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931) ampliaron después esa indagación con un tratamiento alegórico que la convertía en una reflexión sobre la sociedad argentina e incluso sobre la condición humana. Los apodos simbólicos de algunos miembros de una sociedad secreta, financiada mediante la explotación de los prostíbulos y destinada a provocar una conflagración universal, son el indicio más evidente de la condición expresionista de esos relatos, que convierten la realidad en una fantasmagoría donde se dibujan con nitidez los perfiles de un mundo que se desmorona. La voz burlona o cínica del narrador se encarga de parodiar ese drama hasta convertirlo en una mascarada, desde la perspectiva de quien conoce la falsedad de los valores, la inutilidad de los esfuerzos, lo insensato de las ilusiones, el fracaso inevitable de los proyectos y lo terrible del fin. De paso, es posible percibir las consecuencias de una modernidad tecnológica tan fascinante como amenazadora, de unas prácticas revolucionarias tan esperanzadoras como grotescas, de la alineación social y psicológica que padece el hombre contemporáneo. La única salida (falsa también) se concreta en la transgresión, en la degradación que permite una absurda apariencia de ser, en la perversidad que al menos permite la certeza de existir en el mal. En El amor brujo (1932), sin duda su novela menos comentada, Arlt insistiría aún en la presentación de personajes obsesionados por la felicidad y a los que la fantasía permite evadirse de una existencia gris.
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MensajeTema: Re: rOBERTO aRLT, cronista con armas de escritor   Mar Jun 02, 2009 1:20 am

La factura realista fue la dominante en los nueve relatos reunidos en el volumen El jorobadito (1933), próximos a las inquietudes características
de las novelas citadas. Eso no impidió que algunos mostraran una proclividad hacia lo fantástico que había de acentuarse progresivamente. Aparentemente ajena a la literatura argentina, la obra de Arlt encontraría en esa dimensión la posibilidad de afirmarse en una tradición que en el Río de la Plata contaba ya con notables manifestaciones de ese signo. Arlt insistió en ella tras visitar España y Marruecos en los últimos meses de 1935 y los primeros de 1936. Fruto de ese viaje fueron los cuentos que en 1941 reunió en El criador de gorilas: aunque también estaban presentes el África negra y algunos escenarios asiáticos de cultura islámica, las referencias geográficas remitían sobre todo a Marruecos, con preferencia por Tánger, cuyo estatuto internacional favorecía la actividad de los Servicios Secretos de distintas potencias, y por los territorios entonces sometidos al control de España. Allí fue donde Arlt se sintió fascinado por un mundo seductor y repulsivo, conjunción violenta de medioevo y modernidad, fiesta de colorido determinada por la diversidad de los tipos humanos, primitivos y refinados, generosos y crueles. Crímenes, venganzas, pasiones y otros ingredientes daban a las historias una atmósfera oriental, cuyo encanto resultaba corregido por el cinismo que una vez más solía caracterizar a los narradores, y que daba una dimensión paródica a la pretensión moralizadora o ejemplar que adoptaban en ocasiones. También afectaba a la crítica social (del fanatismo, del abuso de poder, de la avaricia) que permitían deducir.

Los relatos de El criador de gorilas alejaban a Arlt del ámbito de Buenos Aires, y parecían también ajenos a las preocupaciones metafísicas que antes eran ingrediente fundamental en las complicadas psicologías de sus personajes. Con ese nuevo espíritu guarda relación Un viaje terrible, una «nouvelle» derivada de la estancia del escritor en Chile, en 1940, y publicada cuando regresó a Argentina en 1941. Aquella experiencia le permitiría imaginar un viaje hacia Panamá iniciado en el puerto de Antofagasta, y que estuvo a punto de concluir trágicamente para el narrador cuando el barco navegaba frente a la costa del norte de Perú. El relato reitera intereses manifiestos en la vida y en la literatura de Arlt. Ya en 1920, en su breve ensayo «Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires», había mostrado esa mezcla de fascinación y sarcasmo con que se refería ahora a las artes adivinatorias o a la carta astral que parecían determinar los destinos de sus estrafalarios personajes. También se encuentran ecos de sus inquietudes científicas del momento, ocupado como estaba en llevar a buen término el proceso de gomificación de las medias de señora del que esperaba la fama y la riqueza. La voz divertida y sarcástica del narrador, que ha emprendido esa «Travesía del Terror» forzado por sus últimas estafas, da un tono de farsa a la aventura y a sus protagonistas, cuyos deméritos y fracasos no entrañan concesión alguna al patetismo.
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MensajeTema: Re: rOBERTO aRLT, cronista con armas de escritor   Mar Jun 02, 2009 1:22 am

Un viaje terrible confirma la impresión de que Arlt optaba por indagar en territorios de imaginación que a veces parecían rondar la literatura fantástica. Curiosamente, estos relatos que completan su obra narrativa recuerdan sus principios: responden a los gustos declarados en El juguete rabioso por Silvio Astier, cuando a la edad de catorce años se abandonaba a los deleites de la literatura bandoleresca y anhelaba inmortalizarse como un delincuente de alta escuela. Quizá las creaciones de Arlt pueden verse como una búsqueda de salida o de sublimación personal por medio de los sueños o la literatura, o eso es lo que indica su producción teatral, también relevante. Si se deja al margen el fragmento de Los siete locos que el Teatro del Pueblo escenificó en 1932 con el título de El humillado, esa producción se inicia con 300 millones, obra representada en julio de ese mismo año por el conjunto de Leónidas Barletta. Arlt abordaba allí el análisis de las razones que llevan a una muchacha a suicidarse, y para ello recurría a la concreción teatral de las fantasías que la habían ayudado a sobrevivir por algún tiempo: en escena aparecen Rocambole, la Reina Bizantina, el Galán, el Demonio o la Muerte, creando un clima de farsa ajeno a cualquier pretensión realista y emparentable con la factura expresionista que sus narraciones alguna vez habían conseguido.
Por otra parte, esa corporización de los sueños permitía entrever la capacidad de las ficciones para subsistir por sí mismas. Saverio el cruel y El fabricante de fantasmas, piezas estrenadas en 1836, le permitirían mostrar con precisión las relaciones entre esos fantasmas y la creación literaria. Si 300 millones hablaba de la imaginación como una posibilidad de supervivencia, sublimando las frustraciones de una existencia mediocre, El fabricante de fantasmas dio vida a los que atormentaban a un dramaturgo, ahora hasta llevarlo al suicidio. Como esos fantasmas eran a la vez el fruto de la imaginación y de los remordimientos de un escritor, la literatura se mostraba capaz de revelar las dimensiones profundas de la personalidad, a la vez que el juego entre la imaginación y la realidad convertía al autor y a sus personajes en una sucesión de máscaras sin identidad precisa. En esa idea insistiría Saverio el cruel, apelando al recurso pirandelliano del teatro dentro del teatro para conjugar una broma canallesca con la reflexión sobre la farsa de las relaciones y las ilusiones humanas y el análisis de los mecanismos del poder, hasta dar al conjunto una dimensión trágica.
Arlt estrenó La isla desierta en 1937, África en 1938, y La fiesta del hierro en 1940. A esas obras hay que sumar Prueba de amor, «boceto teatral irrepresentable ante personas honestas» que se editó en 1932, las «burlerías» La juerga de los polichinelas y Un hombre sensible publicadas en 1934, y El desierto entra en la ciudad, una farsa dramática que Arlt concluyó poco antes de morir en Buenos Aires, el 26 de julio de 1942. De esas obras, que dan a su autor un lugar de notable relieve en la vanguardia teatral argentina, merece especial atención África, cuyos cinco actos van precedidos de un exordio en el que Baba el Ciego, un «jefe de conversación», declara su intención de narrar las historias que luego conforman la obra. África se propone así como una ficción dramática que a su vez genera otras, y afirma su relación con la práctica oral del relato que Arlt había observado en el norte de África y que también inspiró los cuentos de El criador de gorilas.
Arlt había escrito para el diario El Mundo, donde empezó a trabajar en 1928, las Aguafuertes porteñas que reunió parcialmente en un volumen publicado con ese título en 1933. El mismo periódico lo envió a España y Marruecos en 1935-1936, y antes y después a Uruguay y Brasil, en 1930, y a Chile, en 1940. Entre las crónicas de viaje escritas a raíz de esas experiencias, sobresale la selección y publicación en 1936 de sus Aguafuertes españolas (1ª parte. Impresiones), además de los artículos en que dejó constancia de los rudos trabajos de las campesinas marroquíes, de su visión crítica de determinadas costumbres árabes, y de la fascinación que también llevaría a sus relatos y a su teatro. Las aguafuertes de El Mundo constituyen la parte de mayor interés literario en una producción periodística que incluyó también las notas redactadas en 1926 para la revista Don Goyo, así como las crónicas policiales escritas en 1927 y 1928 para el diario Crítica. Esa producción permite comprobar la gran capacidad de su autor para adentrarse en los problemas sociales y políticos de su tiempo, y para exponerlos con imaginación y rigor: no sólo los que afectaron a la Argentina de su época, sino también los que pudo observar en los países por los que viajó y los que determinaban la atmósfera internacional cada vez más enrarecida que llevó a la segunda guerra mundial.
Texto de Teodosio Fernández (Universidad Autónoma de Madrid).
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MensajeTema: Re: rOBERTO aRLT, cronista con armas de escritor   Mar Jun 02, 2009 1:24 am

Obra en prosa:


<LI>El diario de un morfinómano (1920)
<LI>El juguete rabioso (1926)
<LI>Los siete locos (1929)
<LI>Los lanzallamas (1931)
<LI>El Amor brujo (1932)
<LI>Aguafuertes porteñas (1933)
<LI>El jorobadito (1933)
<LI>Aguafuertes españolas (1936)
<LI>El criador de gorilas (1941)
<LI>Nuevas aguafuertes españolas (1960)
<LI>Las Fieras (????)
<LI>Pequeños propietarios (????)
El crimen casi perfecto (1981)


Última edición por THECROW el Mar Jun 02, 2009 1:25 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: rOBERTO aRLT, cronista con armas de escritor   Mar Jun 02, 2009 1:25 am

OBRA TEATRAL:


  • El humillado (1930)
  • 300 millones (1932)
  • Prueba de amor (1932)
  • Escenas de un grotesco (1934)
  • Saverio el Cruel (1936), la cual fue utilizada como libreto para una ópera en 2 actos y 21 escenas con música de Fernando González Casellas
  • El fabricante de fantasmas (1936)
  • La isla desierta (1937)
  • Separación feroz (1938)
  • África (1938)
  • La fiesta del hierro (1940)
  • El desierto entra a la ciudad (1952)
  • La cabeza separada del tronco (1964)
  • El amor brujo (1971)
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